
La segunda obra cantada en español que se estrena en la Metropolitan Opera House en menos de tres años brilla en la música, la escenografía, el vestuario y la coreografía, pero el libreto queda a deber
La ópera “El último sueño de Frida y Diego”, de acuerdo con el programa de mano, “fue concebida como una inversión del mito de Orfeo y Eurídice“, en la que, en lugar de que el músico descienda al inframundo a rescatar a su amada, es Frida Kahlo quien guiará a Diego Rivera por el Mictlán durante el Día de Muertos.
Sin embargo, la trama de primera ópera de la compositora Gabriela Lena Frank con libreto de Nilo Cruz desaprovecha la oportunidad que ella misma se plantea de alcanzar la dimensión trágica del mito griego y prefiere resolverse como una historia de amor poco convincente; aunque eso sí, con unas impresionantes escenografía, música, vestuario y coreografía.
Para Joshua Barone del periódico The New York Times, la ópera de Frank es una obra “notablemente lograda” que brilló especialmente en su estreno mundial en la Ópera de San Diego en 2022 bajo la dirección escénica de la mexicana Lorena Maza (montaje que estuvo también en casas de ópera de Los Ángeles, San Francisco y Chicago).
Un nuevo montaje de la ópera de Frank fue estrenada en la Metropolitan Opera House el pasado jueves 16 de mayo —donde tendrá funciones hasta día 4 de junio— y transmitido internacionalmente a pantallas como la del Auditorio Nacional en la Ciudad de México este sábado 30 de mayo.
Alex Ross, crítico musical de la revista The New Yorker, coincide con Barone en su apreciación del trabajo de Frank —oriunda de Berkeley, California, con ascendencia peruana—, quién “dominó las complejidades de la construcción operística en su primer intento, creando una partitura segura y de gran riqueza imaginativa, libre de fallos y momentos tediosos”.
Sin embargo, ninguno de estos críticos pone atención a la trama escrita por el estadounidense de origen cubano Nilo Cruz, que acaba siendo un drama cotidiano bien planteado, en lugar de una tragedia que nos obligue a los espectadores a reflexionar sobre la fatalidad, la moralidad y la condición humana.
La trama y la oportunidad de hacer una tragedia
“El último sueño de Frida y Diego” se ubica en el Día de Muertos de 1957, tres años después del fallecimiento de Frida Kahlo, en el cementerio de un pueblo mexicano adornado con flores de cempasúchil y papel picado.
Diego Rivera (interpretado por el barítono español Carlos Álvarez) enfermo, solitario y poco convencido de que efectivamente los muertos lleguen a comerse las viandas, invoca a su esposa, pero su llamado es escuchado por la Catrina (la soprano estadounidense Gabriella Reyes), guardiana de los muertos en el Mictlán.
La Catrina le insiste a Frida (la mezzosoprano estadounidense Isabel Leonard) que regrese al reino de los vivos y guíe a su esposo en su viaje hacia la muerte.
Sin embargo, la pintora se niega diciendo contundente: “¿Por qué volver al mundo, cuándo en la vida tuve dos accidentes graves: el impacto de un tranvía y el golpe de conocer a Diego Rivera?”.

Kahlo cambia de opinión gracias a un personaje del mundo de los muertos, que se siente incluido a la fuerza, pues a diferencia de los demás no es histórico ni mexicano y no está clara la razón de su presencia en el Mictlán.
Se trata de un actor llamado Leonardo (el contratenor alemán Nils Wanderer) que, para mayor contradicción con el Día de Muertos, tiene la ambición de regresar al mundo de los vivos personificando a Greta Garbo para un admirador que no sabe que la diva aún no ha muerto.
Leonardo le propone a Kahlo regresar al mundo de los vivos pero no para estar con Rivera, sino como una forma de regresar al arte, que fue tan importante para ella.
Cuando Frida accede a regresar al mundo de los vivos por su marido, la Catrina le hace un advertencia fatal: no puede tocar a Diego, ni permitir que él la toque, pues de hacerlo el dolor físico que tuvo en vida regresará con toda su intensidad.
El camino para el desenlace trágico ahora parece evidente.
El hilo perdido
Como preámbulo a “El último sueño de Frida y Diego”, nos cuentan que, en la vida real, Rivera pidió que al morir se mezclaran sus cenizas con las de Kahlo; deseo al que su familia no accedió y fue enterrado en la entonces Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores.
Así, la historia busca una forma de cumplir ese sueño de Diego, no el de Frida, quien, como aclaró en el segundo acto, no quería ver a su viudo por todo el dolor que le causó y esperaba regresar de alguna manera a la pintura.
De hecho, el montaje de Deborah Colker se olvida por completo del deseo de Frida a diferencia del montaje —más modesto y mucho menos espectacular— que hizo Lorena Maza, donde el personaje de Kahlo al menos se planta ante un lienzo al momento de cantar al respecto e incluso lo toma entre las manos.
El otro punto fuerte de la trama llega cuando Diego intenta tocar a Frida. Ella lo esquiva y le advierte que no puede hacerlo, pero no le dice la verdadera razón, sino que es algo que “va contra las leyes”, a lo que él comenta: “¿Y desde cuando tú respetas las leyes?”.

Como ya lo esperábamos, el rencuentro entre ambos personajes conduce a que Diego no pueda resistirse y toque a Frida; ella reacciona en un primer momento con gusto, sólo para que un instante después le regresen los intensos dolores de los que la muerte la había librado.
Por cómo se planteó el conflicto, cabía esperar que a partir de ese momento los dolores de Frida fueran eternos, como lo fue la condena de Eurídice cuando Orfeo no pudo resistirse y, a unos pasos salir del inframundo, desobedeció la única regla que le habían puesto los dioses para poder salvarla y volteó a verla.
Sin embargo, al poco tiempo y sin mayor explicación, los dolores de Frida desaparecen.
La historia de amor, que es lo que quería Diego, tiene un feliz, pero no queda claro si Frida cumple eventualmente su deseo de volver a ser una artista.
Epílogo de aciertos y lenguajes
Para Joshua Barone, el crítico del NYT, el montaje estrenado en la Met Opera es “una nueva producción sombría y confusa de Deborah Colker”, al menos así lo considera en comparación con el montaje dirigido por Maza, quien tiene una larga trayectoria dirigiendo teatro.
Sin embargo, lo que logra la dirección escénica de Colker, quien es además bailarina y coreógrafa, al integrar a bailarines, acróbatas y breakdancers, es crear doinpámicas de una gran elocuencia simbólica y gestual; junto con la escenografía y el vestuario , y visualmente impactantes y expresivas, más convincentes que el libreto de Cruz.
“Se trata de arte. Y el arte no es sólo pintura o danza o teatro. El arte es experiencia. El arte es aventura, imaginación”, explica la coreógrafa en el programa de mano.
Cabe destacar que en enero de 1916 se presentó en la Met la primera ópera en español: “Goyescas”, del compositor español Enrique Granados. Casi un siglo después se estrenó la segunda —que fue “Florencia en el Amazonas” del mexicano Daniel Catán—, pasaron apenas dos años y medio entre esa y la tercera: “El último sueño de Frida y Diego”.
Por último, no hay rastros de que alguno de los autores del teatro griego clásico haya hecho una obra sobre la historia de Orfeo y Eurídice, pero según dice George Steiner en su libro “La muerte de la tragedia”, la primera ópera que logra ser realmente trágica es “Orfeo y Eurídice”, compuesta por el alemán Christoph Willibald Gluck en 1762.





