
Casi cualquiera que hoy tenga más de 35 años recuerda alguna nalgada, un cinturonazo o un “chancletazo” en su infancia, presentado como parte normal de la crianza. Mencionarlo hoy en una conversación con padres jóvenes puede generar caras de sorpresa o hasta cierta incomodidad. No es que la generación actual sea “más sensible” sin razón: hay evidencia científica bastante sólida detrás de ese cambio.
Durante décadas, el castigo físico se consideró una herramienta disciplinaria válida, incluso recomendada, porque “funcionaba”: el niño obedecía de inmediato. El problema es que la investigación reciente muestra que esa obediencia inmediata tiene un costo bastante alto a largo plazo.
Una revisión amplia de estudios, citada por CNN, encontró que el castigo físico aumenta los problemas de conducta y los signos de comportamiento desafiante en los niños: berrinches, rebeldía activa y resistencia a seguir normas. Un dato que sorprende a muchos padres: ni siquiera un estilo de crianza generalmente cálido y afectuoso lograba amortiguar ese efecto negativo del castigo físico.
Los números detrás del cambio de mentalidad
Un estudio encontró que el porcentaje de padres en Estados Unidos que admitía golpear a sus hijos bajó de 50 por ciento en 1993 a 35 por ciento en 2017, un descenso atribuido en buena parte al cambio de actitud entre padres millennials y de la generación X, que parecen recurrir menos a este método que las generaciones anteriores.
Otra investigación, citada por especialistas en desarrollo infantil, encontró que los niños expuestos al castigo físico tienen 24 por ciento menos probabilidades de estar en un buen camino de desarrollo, comparados con quienes no lo reciben. La evidencia también vincula estos castigos con mayor riesgo de ansiedad, depresión y baja autoestima, problemas que con frecuencia persisten hasta la edad adulta.
¿Por qué las generaciones anteriores lo veían tan normal?
Aquí es importante no caer en juzgar con la vara de hoy a quienes crecieron en otro contexto. Especialistas explican que la normalización del castigo físico, especialmente en comunidades latinas, está ligada a patrones generacionales y expectativas sociales muy arraigadas: muchos padres lo replicaron simplemente porque así los criaron a ellos, y en ese momento no existía la cantidad de evidencia científica disponible hoy sobre sus efectos reales.
No se trata de que esas generaciones actuaran con mala intención, sino de que operaban con la información y las herramientas disciplinarias disponibles en su momento, dentro de un contexto donde cuestionar la autoridad de los padres prácticamente no existía.
El panorama legal, en números
El cambio también se refleja en las leyes. A nivel mundial, 56 países ya prohíben por completo el castigo corporal contra menores en cualquier entorno, incluido el hogar. En América Latina y el Caribe, 10 países (entre ellos Argentina, Brasil, Costa Rica y Uruguay) tienen legislación específica que lo prohíbe en todos los ámbitos. Aun así, la región sigue teniendo una de las tasas más altas del mundo: 1 de cada 2 niños en América Latina y el Caribe todavía sufre algún tipo de castigo físico.
No todos están completamente de acuerdo con el enfoque actual
Vale la pena un matiz que no siempre se menciona en este debate: algunos académicos, como la socióloga Ashley Frawley, de la Universidad de Swansea, han cuestionado que las leyes que prohíben las nalgadas terminen usándose de forma desproporcionada contra comunidades marginadas o minorías étnicas, señalando antecedentes históricos preocupantes de intervención estatal sobre familias vulnerables. No es un cuestionamiento a la evidencia sobre el daño del castigo físico, sino a cómo se aplica la vigilancia estatal alrededor de este tema.
¿Cómo serán las siguientes generaciones?
Si la tendencia actual continúa, es razonable esperar que las próximas generaciones se críen bajo modelos como la disciplina positiva o la crianza respetuosa, enfoques que buscan poner límites sin recurrir a la fuerza física, apostando por el diálogo, las consecuencias lógicas y el refuerzo positivo. El propio ritmo del cambio (de la mitad de los padres golpeando a sus hijos en los años 90, a poco más de un tercio dos décadas después) sugiere que esta curva seguirá bajando, más que revertirse.
Lo que sí parece claro es que este no es un simple cambio de moda o de “sensibilidad excesiva”, como a veces se plantea en tono de burla. Es, en buena medida, el resultado de que hoy se sabe más sobre desarrollo infantil de lo que se sabía hace 30 o 40 años, y esa generación que “aprendió a golpes” está usando precisamente esa nueva información para no repetir el mismo patrón con sus propios hijos.






