
No sólo los hijos de López Obrador han sacado provecho, también sus hermanos, sobrinos, primos y demás parentela que hoy en día ocupa distintivas posiciones en gobiernos locales desde los cuales se han aprovechado para obtener dinero y poder.
Los hijos de los presidentes han dejado una huella mientras el jefe del Ejecutivo se entroniza en la posición más alta del presidencialismo. Cuauhtémoc Cárdenas dejó sus manos de infante plasmadas en el piso de cemento de uno de los corredores de Los Pinos. En ese mismo complejo de la casa presidencial Gustavo Díaz Ordaz mando a construir una pista de go karts para uno de sus hijos la cual ahora es el corredor de las efigies de los mandatarios. Pero esta presencia en el seno del poder cambio con los hijos de Marta Sahagún en el sexenio de Fox pues se dedicaron a hacer grandes negocios que fueron un escándalo.
No obstante, los hijos de Andrés Manuel López Obrador han superado por mucho a los hijos de Sahagún, pues han hecho de la égida presidencial un manto protector para hacer no sólo grandes negocios, sino negociar contratos millonarios en diferentes instancias del gobierno y solapar actos de corrupción como nunca antes se vivió en el seno de la familia presidencial.
Antes de que Andrés Manuel López Obrador llegara a la Presidencia, el trío José Ramón, Andrés Manuel y Gonzalo no se distinguían por ser personajes emprendedores y tampoco activos militantes.
Vivían de las múltiples aportaciones que le hacían a su papá y su función era acompañar a su padre por sus giras en todo el país y en algunos momentos, como se le vio a José Ramón, vender algunos de los libros que había escrito López Obrador o alguno de los periodistas que simpatizaban con su causa como Jaime Avilés.
Todo cambio luego de 2018, cuando AMLO ganó la Presidencia por una mayoría aplastante. Apenas tomo posesión y los tres empezaron a vivir con lujos impensables cuando vivían austeramente en Villahermosa. Además, iniciaron el negocio del nepotismo al usufructuar la investidura presidencial para obtener favores o incluso allanar contratos millonarios para sus amigos viejos y nuevos.
Ahora, pese a que en 2024 terminó el sexenio de su padre, los tres han mantenido el negocio del nepotismo presidencial sin que se lo haya impedido la presidenta Claudia Sheinbaum, pues AMLO sigue ejerciendo un gran poder político desde su retiro en la finca de Chiapas, frontera con Tabasco.
Aunque la fiscalía y la propia presidenta Sheinbaum han rechazado que se les investigue judicialmente, diversas investigaciones periodísticas publicadas desde hace años señalan cómo es que cada uno de ellos se ha metido en una gama de negocios, de manera directa e indirecta vía amistades que van desde la industria farmacéutica, ferroviaria, turística, energética, telecomunicaciones, minera, importaciones y exportaciones. Es decir, su presencia está en las áreas estratégicas del gobierno federal.
Al arranque de su sexenio Andrés Manuel López Obrador aseguró que no se haría responsable de la actuación de sus hijos, pero ese compromiso se borró con el paso de los días convirtiéndose en herencia política maldita para Claudia Sheinbaum, quien se ha distanciado de ellos de manera clara como se evidenció en su segundo Informe de Gobierno al cual no invitó a Andy y tampoco a Gonzalo y José Ramón.
Pero no sólo los hijos de López Obrador han sacado provecho, también sus hermanos, sobrinos, primos y demás parentela que hoy en día ocupa distintivas posiciones en gobiernos locales desde los cuales se han aprovechado para obtener dinero y poder.
La punta de la hebra la tienen el trío de vástagos de López Obrador, que no son sólo una lápida y una carga para la presidenta Sheinbaum y el partido Morena, sino un ejemplo claro de cómo en el presidencialismo mexicano los vicios privados se convierten en virtudes públicas.






