
La muerte de Zaira Alejandra B. R., asesinada a balazos al salir de una tienda de conveniencia en Ciudad Juárez, volvió a exhibir una realidad que suele permanecer oculta hasta que estalla en tragedia.
Una sociedad que arrastra profundas heridas emocionales alimentadas por múltiples factores, desde la violencia cotidiana hasta los conflictos personales, económicos y afectivos.
Semanas antes del ataque, la mujer había publicado videos en redes sociales donde expresaba miedo y responsabilizaba a determinadas personas si algo llegaba a ocurrirle.
El crimen, ocurrido mientras la víctima estaba acompañada por una niña de cuatro años que resultó ilesa, también deja sobre la mesa el peso que tienen hoy las redes sociales en las relaciones humanas.
Celos, rivalidades, amenazas y confrontaciones que antes permanecían en el ámbito privado ahora se exhiben frente a miles de personas, amplificando conflictos que, en algunos casos, terminan escalando de manera irreversible.
Se ha dicho mucho acerca de que el deterioro emocional tiene un origen multifactorial.
La presión económica, la incertidumbre laboral, la violencia que por años ha golpeado a esta frontera, las relaciones sentimentales conflictivas y el uso desmedido de las plataformas digitales generan un entorno propicio para la ansiedad, la depresión y las conductas impulsivas.
Frente a ese panorama, la prevención también comienza en las decisiones cotidianas.
Evitar convertir las redes sociales en un escaparate de la vida privada, no responder provocaciones públicas, buscar apoyo psicológico cuando las emociones rebasan la capacidad de afrontarlas, fortalecer el diálogo con familiares y amistades, denunciar amenazas ante las autoridades y recordar que ninguna publicación vale más que la tranquilidad o la propia seguridad.
En una ciudad marcada por la violencia, cuidar la salud mental también puede convertirse en una forma de proteger la vida.



