
Frente a esa corrupción del Evangelio, López Obrador y Morena intentaron en México retornar a las fuentes. Su proyecto de gobierno, expresado en fórmulas que hacen alusión a la sustancia del Evangelio (“por el bien de todos primero los pobres”, “austeridad franciscana”, “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, “abrazos, no balazos”, “no a la corrupción/ amor al prójimo”, “la verdad es revolucionaria y es cristiana”, “la mentira es reaccionaria y es del demonio”) intentaba fundar lo que en 2011 llamó “una república amorosa”.
Iván Illich hizo un descubrimiento fundamental sobre el que muy pocos han reparado: los males que padece la modernidad son hijos de la perversión del Evangelio que Illich resumió con una frase de San Jerónimo: “La corrupción de lo mejor es lo peor”. Lo que en la doctrina de Jesús es el vínculo entre seres que, más allá de las constricciones impuestas por sus nacionalidades, eligen amarse libremente –mi prójimo, como en la parábola del buen samaritano, puede ser incluso mi enemigo que cayó en desgracia–, se transformó en la búsqueda de poder y dinero para satisfacer a todo tipo de necesitados. Así, en el siglo IV, la Iglesia, vinculada con el imperio romano, creó diaconías –centros de distribución de alimentos–, xenodochia –establecimientos para acoger extranjeros, peregrinos, pobres, huérfanos y enfermos–, basilias –complejos urbanos hospitalarios para atender leprosos– y otro tipo de instituciones caritativas. El Estado moderno, que no es otra cosa que el custodio laico de la hospitalidad cristiana, no sólo las multiplicó, las transformó en mercancías.
Esa vocación, absolutamente nueva y ajena a otras tradiciones, a la vez que cumplía con la idea de amar al prójimo traída por el Evangelio, generó una serie de demandas y necesidades cada vez más difíciles de satisfacer, porque nunca habrá suficiente dinero ni suficientes instituciones para colmar las demandas de educación, salud, transporte, comunicación, alimentación y miles más de poblaciones cada vez más grandes, más demandantes, más incapaces de satisfacerse por sí mismas y más dependientes. Deseosos de alcanzar las expectativas institucionales que ofrece el Estado y acceder al entramado de las múltiples ofertas de servicios que promueve y regula, los seres humanos de la modernidad habitamos un mundo de desigualdades y violencias sin fin.
Este mal —dice Illich– es el resultado de la pretensión de utilizar el poder, la organización, la administración, la manipulación para asegurar la presencia social de algo que por su naturaleza (es el sentido de la enseñanza del Evangelio) sólo puede nacer de la libre elección de unos individuos que aceptaron la invitación de ver el rostro de Cristo en todo aquel a quien eligen.
Frente a esa corrupción del Evangelio, López Obrador y Morena intentaron en México retornar a las fuentes. Su proyecto de gobierno, expresado en fórmulas que hacen alusión a la sustancia del Evangelio (“por el bien de todos primero los pobres”, “austeridad franciscana”, “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, “abrazos, no balazos”, “no a la corrupción/ amor al prójimo”, “la verdad es revolucionaria y es cristiana”, “la mentira es reaccionaria y es del demonio”) intentaba fundar lo que en 2011 llamó “una república amorosa”. Ganaron. Quiénes, en un mundo amasado con el Evangelio, podían negarse a recuperar su sustancia. El resultado, sin embargo, ha sido peor. Lo que Morena ha hecho del Evangelio es el rostro más brutal de su perversión.
Siguiendo el mismo camino que llevó a la Iglesia y al Estado a corromper el Evangelio, recurrió al dinero –en su caso al más espantoso y vulgar, el del crimen organizado– para acceder al poder y, mediante dádivas económicas –la forma más infecta de la caridad–, cumplir su promesa de servir a los pobres. Al hacerlo no sólo corrompió a la gente, se corrompió a sí misma y con ello la idea de la República, convirtiéndola en lo que odiaba: una caterva de criminales que se protegen a sí mismos. Queriendo redimir a los pobres y atender las necesidades que el Estado no podía ni podrá jamás proporcionarles, pero utilizando al mismo Estado olvidó que una República (lo escribí en 2011 en las páginas de Proceso a propósito de esa absurda idea) puede ser virtuosa, nunca amorosa. El amor, como lo muestra el Evangelio, es contrario al poder y al dinero y en consecuencia no puede mandar ni mandarse, no puede normar ni normarse. Es un acto gratuito de libertad ajeno a cualquier institución, a cualquier administración y a cualquier tipo de Estado. Quien ama no impone, no obliga, no ordena, no hace componendas utilitarias, es, como el samaritano de la parábola, pura gratuidad y don; es, incluso, impotente para remediar algo –el mismo Cristo, el rostro más claro del amor, no construyó ningún reino, mucho menos una República, y ni siquiera pudo salvar a uno de sus amigos, Judas. Si los seres humanos pudiéramos realmente amar no habríamos llegado hasta aquí y no tendríamos que soportar las aberraciones que se cometen y se han cometido a causa de su perversión.
Los gobiernos de Morena son el rostro más acabado de lo que Illich llamó “la corrupción de lo mejor” o lo que, en términos más suaves y económicos, llamó la “contraproductividad” –la contrario de aquello que las instituciones pretenden alcanzar. Así, lejos de atender las necesidades de los pobres las ha multiplicado; lejos de dar más salud la ha precarizado; lejos de incrementar los abrazos ha exacerbado la violencia, el crimen y la polarización; lejos de empobrecer al gobierno lo ha llevado a grados inauditos de corrupción y enriquecimiento; lejos de combatir la mentira la ha vuelto certeza; lejos de amar al prójimo lo ha instrumentalizado al grado de ser connivente con las redes de extorsión, trata, desaparición y terror de las organizaciones criminales. Al prescindir de las instituciones como fuentes de corrupción y asumir, mediante el poder y el dinero, la responsabilidad de la conducción del Estado, lo que Morena ha hecho es mostrar la profundidad del horror que todo Estado oculta. “No estamos –dice Illich– frente a un mal de tipo ordinario, sino ante esa corrupción de lo mejor que acontece cuando el Evangelio se institucionaliza y el amor se transforma en demanda de servicios” vueltos mercancías. Es el anverso del amor; no el odio, sino su oscura sombra; su demoniaca presencia.
Quizá está oscura noche nos lleve algún día a ver al menos de donde emana la luz que un día, al confundir el bien con el valor económico, corrompimos.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.
Texto de Opinión publicado en la edición 36 de la revista Proceso, correspondiente a junio de 2026, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.




