
En Ciudad Juárez ya no solo se secuestra al migrante que viene huyendo del mundo o al empresario que presume troca nueva y reloj caro. Ahora los secuestradores ampliaron su territorio como franquicia barata: también van por el juarense común, el de clase media-baja o media-media, el que apenas la va librando, el que tiene algo de solvencia y mucho miedo.
Sí, así como lo lees. El delito ya brincó la banqueta.
Estos delincuentes necesitan lana. Se les secaron otros negocios, se están matando entre ellos y alguien tiene que pagar la guerra. ¿Quién sigue? El ciudadano común y corriente. El vecino. El comerciante chico. El empleado. La familia que apenas junta para la renta. Lo peor no es solo eso: lo peor es que las autoridades parecen haberlo normalizado.
Nos está pasando lo mismo que a la rana en el balde de agua hirviendo. Le suben la temperatura de a poquito y cuando quiere brincar… ya es tarde.
Durante este 2025, los números oficiales lo confirman. En Ciudad Juárez se atendieron 135 víctimas de secuestro en los primeros once meses del año. De esas, 94 eran migrantes, pero 41 eran juarenses. Gente de aquí. No “daños colaterales”, no “casos aislados”. Comunidad.
Migrantes venezolanos, centroamericanos, caribeños, que cruzan selvas, desiertos y retenes para caer en la última trampa: esta frontera que prometía refugio y termina siendo cautiverio. Pero ahora el patrón se repite con los juarenses que apenas rozan la estabilidad económica. Golpes. Tortura. Mutilaciones. Llamadas extorsivas. Horrores que los criminales repiten como receta, no solo para cobrar rescates, sino para mandar mensaje: no denuncies o te va peor.
Eso es sembrar terror. Para eso sirve.
Antes, el secuestro se toleró como si fuera “parte del paisaje”, como un costo más de la guerra entre cárteles y su combate, siempre anunciado como efectivo, pero nunca definitivo. Mientras el delito se quedaba con los invisibles, nadie se inmutaba demasiado. El problema es que ahora ya no son solo invisibles. Ahora también van por los visibles. Y cuando eso pasa, el asunto deja de ser solo migratorio y se vuelve político, social y comunitario.
Lo peor que le puede pasar a Juárez no es que aumenten los secuestros. Es que dejen de sorprendernos. Que pasen de nota de impacto a simple estadística. Que digamos “otro más” y sigamos con la vida. Porque entonces el riesgo ya no es que el delito crezca, sino que se normalice. Como si no fuera uno de los negocios más brutales del crimen organizado.
En el papel, las autoridades presumen resultados: 24 bandas desarticuladas, 117 detenidos, 33 sentencias condenatorias. Suena equilibrado. Suena a control. Pero en la calle la historia es otra. Mientras se cuentan capturas, los secuestros siguen. Cambian de forma, se reorganizan, se vuelven más agresivos y más selectivos.
Febrero fue el mes más violento, con 41 víctimas, y también el mes con más detenciones. La coincidencia deja claro algo incómodo: el secuestro no se frena solo reaccionando. Se frena previniendo. Y eso implica algo más complejo que patrullas y operativos.
Hoy el secuestro en Juárez opera con lógica de mercado. Los grupos criminales necesitan liquidez. La nacionalidad de la víctima fija el precio. La vulnerabilidad define el trato. Y ni las detenciones ni las sentencias están logrando romper el ritmo del delito.
A eso hay que sumarle lo que no se denuncia. El miedo. La desconfianza. La sensación de que, a veces, no queda claro quién es quién. Eso no surge de la nada. Es resultado de estructuras criminales que aprenden, se adaptan y operan con márgenes amplios. Por eso de poco sirve tumbar bandas si el modelo se reproduce intacto o incluso mejorado.
Cada banda detenida parece ser reemplazada por otra. Cada rescate pagado financia el siguiente secuestro. Cada víctima confirma que el negocio sigue siendo rentable. Un círculo vicioso que no se rompe con comunicados.
El secuestro persiste no porque falten detenciones ni porque sobren migrantes. Persiste porque hay una falla estructural. Se combate el delito, pero no el contexto que lo produce. Y eso no es tarea de un solo nivel de gobierno. Para eso existen tres, aunque no siempre caminen parejo.
Juárez carga con todos los factores: frontera saturada, políticas migratorias que embudan personas aquí, y un crimen organizado con experiencia en casi todos los negocios ilegales. En ese caldo, el secuestro encontró terreno fértil.
Y mientras el agua sigue calentándose, la pregunta no es si esto va a tocar a más gente. La pregunta es cuándo dejamos de reaccionar y empezamos a aceptar que nos acostumbramos. Porque el día que eso pase, el secuestro ya no será noticia. Será rutina. Y ahí sí, la ciudad habrá perdido algo más que cifras.


