
La pasión que desborda el campeonato de la Liga Estatal de Béisbol (LEB) de Chihuahua es, sin lugar a dudas, un fenómeno social inigualable en el norte del país.
Los estadios se abarrotan, las familias se reúnen y el orgullo de cada región se defiende strike a strike. Sin embargo, lo vivido el pasado sábado por la noche en el Estadio Monumental de Cuauhtémoc rebasó por completo la frontera de la intensidad deportiva para adentrarse en el vergonzoso terreno de la violencia corriente.
La brutal trifulca protagonizada por los Manzaneros de Cuauhtémoc y los Indios de Ciudad Juárez no representa la grandeza de nuestra pelota; al contrario, la mancha y la rebaja ante los ojos de una afición que merece espectáculos de altura, no pleitos de cantina.
Corría la parte baja del sexto episodio. El ambiente ya venía espeso debido a un marcador adverso de 11-5 que pesaba como losa sobre los hombros de la tribu fronteriza. En el béisbol existe una línea muy delgada entre la frustración y la agresión, y esa línea se rompió por completo cuando el serpentinero juarense Adrián García impactó con un lanzamiento directo al hombro del toletero local Alfonso Guerrero.
Lo que debió resolverse con las advertencias reglamentarias del cuerpo arbitral explotó en cuestión de segundos. El bateador reaccionó de forma impulsiva, las casetas se vaciaron de inmediato y el diamante se transformó en un ring improvisado donde volaron puñetazos, empujones y reclamos fuera de sí. Durante más de veinte minutos, el juego limpio quedó secuestrado por el coraje desmedido de hombres que olvidaron su rol de atletas profesionales.
La respuesta de las autoridades de la liga fue contundente, pero abre un debate necesario sobre la disciplina en el circuito. Un total de nueve peloteros fueron expulsados del encuentro tras la revisión de los hechos.
Por el lado de los Indios de Ciudad Juárez, figuras clave como Eudor García, Kevin García, Marco Fregoso, Humberto Gutiérrez y el propio lanzador Adrián García tuvieron que abandonar el terreno con la cabeza baja. Por parte de los locales, José Carlos Hernández, Arturo Sarmiento, Víctor Landeta y el agredido Alfonso Guerrero sufrieron el mismo castigo. Perder a casi una decena de peloteros en plena postemporada no solo fractura las estrategias de los mánagers, sino que demerita el nivel del torneo en su etapa más crítica.
Más allá del morbo y de los videos que rápidamente inundaron las redes sociales, el costo deportivo es severo, especialmente para la novena fronteriza. Tras reanudarse el encuentro, los Manzaneros mantuvieron la cabeza fría, castigaron al relevo juarense y amarraron un triunfo definitivo de 13 carreras contra 6.
Con este resultado, Cuauhtémoc pone la serie semifinal 2-0 a su favor, hilando cinco victorias consecutivas sobre los aborígenes en lo que va del año y dejándolos al borde de la eliminación. Los Indios, actuales monarcas de la LEB, regresan a la frontera con dos estocadas profundas en el pecho. Ahora se ven obligados a obrar un milagro en el Estadio Juárez Vive: ganar tres juegos consecutivos en casa si pretenden mantener vivas las esperanzas de refrendar su corona.
No obstante, la gran lección de esta jornada no se encuentra en la pizarra ni en las estadísticas de ganados y perdidos. El verdadero foco debe apuntar hacia la responsabilidad social de los equipos. El béisbol estatal de Chihuahua es un punto de encuentro para miles de niños y jóvenes que ven en estos jugadores a sus máximos ídolos. Ver a profesionales intercambiar golpes en el campo transmite un mensaje nefasto: que la violencia es una vía válida para canalizar la frustración deportiva. La Asociación Estatal de Béisbol tiene la obligación histórica de aplicar castigos ejemplares que vayan más allá de la simple expulsión de un juego. Se requieren suspensiones severas y multas económicas que duelan, para que la próxima vez que un pitcher sienta la tentación de «ajustar cuentas» con un pelotazo, o un bateador intente hacer justicia por propia mano, lo piensen dos veces.
La serie se trasladará esta semana a Ciudad Juárez para disputar el tercer encuentro de este choque de gigantes. La afición fronteriza responderá con creces en las tribunas, pero el llamado de la crónica y de la fanaticada cuerda es unánime: exigimos pasión, garra y entrega absoluta con el guante y el madero, pero ni un solo espectáculo violento más. Es momento de que los peloteros recuerden que la grandeza de un equipo se demuestra anotando carreras en la pizarra, no conectando ganchos al hígado en el montículo. Que hable el béisbol y que calle la violencia.






