
Gabriel Ponce, jugador mexico-estadounidense con trayectoria que lo llevó a firmar con la organización de los Azulejos de Toronto y llegó hasta la Triple A con los Búfalo Bisons, ha sido noticia por un hecho inesperado.
Tras debutar en la Liga Mexicana de Béisbol con los Toros de Tijuana, participar en la Liga ARCO Mexicana del Pacífico con Mexicali y este 2025 vestir la franela de los Dorados de Chihuahua, Ponce fue sorprendido presuntamente usando resina para mejorar su rendimiento durante la Liga Estatal de Chihuahua, una liga semiprofesional.
El asunto genera sorpresa por varias razones. Ponce es un pitcher con experiencia probada: velocidad, control y rompientes de calidad, atributos que mostró incluso este año cuando enfrentó y venció a los Rieleros de Aguascalientes en el estadio Alberto Romo Chávez. Si ya había demostrado nivel en circuitos de primer orden, ¿por qué recurrir a un recurso prohibido en un torneo de menor exigencia competitiva?
Hasta el momento, la Liga Estatal de Chihuahua no ha anunciado sanción alguna, lo que alimenta las dudas y comentarios entre aficionados y analistas. La interrogante es inevitable:
¿Fue un error de juicio en medio de la presión de una final?
¿Es una señal de que estas prácticas son más comunes de lo que parecen, incluso en niveles profesionales?
¿O simplemente un acto desesperado para asegurar un resultado, aun cuando el riesgo superaba el beneficio?
Los Dorados de Chihuahua terminaron perdiendo esa final y el episodio ensombrece el prestigio de un lanzador mexico-estadounidense que, hasta ahora, había construido una carrera prometedora. Más allá del desenlace disciplinario, el caso invita a reflexionar sobre la cultura competitiva en el béisbol mexicano y el costo de la tentación de buscar ventajas indebidas.



